
tan verde como imposible
y tan alto como un sueño.
Era un laberinto amargo
que tus ojos olvidaron
de tanto mirar al cielo,
como las cañas el suelo.
Nunca supe si eran buenos
esos versos como lanzas
ni el fulgor de aquellos besos
que resuenan en mi alma
como el viento entre las cañas,
acariciando recuerdos
y clavándose en mi espalda.
Hoy solo queda la sombra
de esa luz que atravesaba
hojas, troncos y esperanzas,
para flotar, suave y lenta,
en las tardes de aquel bosque
que está dormido por siempre...
pero que siempre despierta.